“Y les diste reinos y
pueblos, y los repartiste por distritos; y poseyeron la tierra de Sehón, la
tierra del rey de Hesbón, y la tierra de Og rey de Basán. Multiplicaste sus
hijos como las estrellas del cielo, y los llevaste a la tierra de la cual habías
dicho a sus padres que habían de entrar a poseerla. Y los hijos vinieron y
poseyeron la tierra, y humillaste delante de ellos a los moradores del país, a
los cananeos, los cuales entregaste en su mano, y a sus reyes, y a los pueblos
de la tierra, para que hiciesen de ellos como quisieran. Y tomaron ciudades
fortificadas y tierra fértil, y heredaron casas llenas de todo bien, cisternas
hechas, viñas y olivares, y muchos árboles frutales; comieron, se saciaron, y
se deleitaron en tu gran bondad. Pero te provocaron a ira, y se rebelaron
contra ti, y echaron tu ley tras sus espaldas, y mataron a tus profetas que
protestaban contra ellos para convertirlos a ti, e hicieron grandes
abominaciones. Entonces los entregaste en mano de sus enemigos, los cuales los
afligieron. Pero en el tiempo de su tribulación clamaron a ti, y tú desde los
cielos los oíste; y según tu gran misericordia les enviaste libertadores para
que los salvasen de mano de sus enemigos. Pero una vez que tenían paz, volvían
a hacer lo malo delante de ti, por lo cual los abandonaste en mano de sus
enemigos que los dominaron; pero volvían y clamaban otra vez a ti, y tú desde
los cielos los oías y según tus misericordias muchas veces los libraste. Les
amonestaste a que se volviesen a tu ley; más ellos se llenaron de soberbia, y
no oyeron tus mandamientos, sino que pecaron contra tus juicios, los cuales, si
el hombre hiciere, en ellos vivirá; se rebelaron, endurecieron su cerviz, y no
escucharon. Les soportaste por muchos años, y les testificaste con tu Espíritu
por medio de tus profetas, pero no escucharon; por lo cual los entregaste en
mano de los pueblos de la tierra. Mas por tus muchas misericordias no los
consumiste, ni los desamparaste; porque eres Dios clemente y misericordioso”.
Nehemías 9:22-31
INTRODUCCIÓN
Continuamos
con el comentario del capítulo 9 del libro de Nehemias, aquí no solo encontramos
una invitación a adorar a Dios por toda la eternidad, sino, una verdadera oración
que recuerda la enorme bondad de Dios en contraste con la ingratitud del ser
humano. Ahora, continuamos con el tercer estudio en este maravilloso capítulo
del libro de Nehemias.

La misericordia de Dios mas grande que la obstinación del hombre
LA HERENCIA RECIBIDA
“Y les diste reinos y
pueblos, y los repartiste por distritos; y poseyeron la tierra de Sehón, la
tierra del rey de Hesbón, y la tierra de Og rey de Basán. Multiplicaste sus
hijos como las estrellas del cielo, y los llevaste a la tierra de la cual habías
dicho a sus padres que habían de entrar a poseerla. Y los hijos vinieron y
poseyeron la tierra, y humillaste delante de ellos a los moradores del país, a
los cananeos, los cuales entregaste en su mano, y a sus reyes, y a los pueblos
de la tierra, para que hiciesen de ellos como quisieran. Y tomaron ciudades
fortificadas y tierra fértil, y heredaron casas llenas de todo bien, cisternas
hechas, viñas y olivares, y muchos árboles frutales; comieron, se saciaron, y
se deleitaron en tu gran bondad”.
Nehemias 9:22-25
Al
recordar las muchas misericordias de Dios hacia la vida de Israel, recuerdo cómo
después de liberarlos de la esclavitud de Egipto e introducirlos en la tierra
prometida el Señor les dio la victoria sobre reinos y pueblos: “Y les diste reinos y
pueblos, y los repartiste por distritos…” El Señor le prometió a su
antepasado Abraham que le daría a su descendencia la tierra de Canaan por heredad:
“Y te daré a ti,
y a tu descendencia después de ti, la tierra en que moras, toda la tierra de
Canaán en heredad perpetua; y seré el Dios de ellos”, (Génesis
17:8); promesa que es confirmada al mismo pueblo años después: “Y os meteré en la tierra
por la cual alcé mi mano jurando que la daría a Abraham, a Isaac y a Jacob; y
yo os la daré por heredad. Yo JEHOVÁ”, (Éxodo 6:8). El recuerdo histórico
de Nehemias especifica cómo fue el proceso de conquista de la tierra en la cual
habitaría Nehemias, primero, conquistan las naciones del otro lado del Jordán,
la región oriental, las tierras de Sehón rey de Hesbón, y de Og rey de Basán, aquí
se establecieron las tribus de Ruben, Gad y la medio tribu de Manases, luego,
el resto de tribus se establecieron en la parte occidental, en la tierra de
Canaan, de donde echaron con la ayuda divina a todas aquella naciones que
habitaban en dicha tierra: “… Y los hijos vinieron y poseyeron la tierra, y humillaste delante
de ellos a los moradores del país, a los cananeos, los cuales entregaste en su
mano, y a sus reyes, y a los pueblos de la tierra, para que hiciesen de ellos
como quisieran…” La bendición
de Dios fue sumamente abundante, porque les dio tremenda prosperidad al poseer
una tierra rica y de gran bendición: “… Y tomaron ciudades fortificadas y tierra
fértil, y heredaron casas llenas de todo bien, cisternas hechas, viñas y
olivares, y muchos árboles frutales; comieron, se saciaron, y se deleitaron en
tu gran bondad…” Definitivamente no podemos dejar de pensar en la enorme bondad de Dios que trae a
nuestra vida, no solo el perdón de pecados, sino, una vida llena de
prosperidad y satisfacción, por supuesto, no hablamos de riquezas materiales,
pero si, de una prosperidad en donde disfrutamos de su fidelidad, su provisión divina,
su protección divina y su gran amor que nos guía a una vida con propósito: “El ladrón no viene sino
para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que
la tengan en abundancia”, (Juan 10:10, RV60). En todo se ve el gran
amor y bondad de Dios para con su pueblo, el hombre busca la felicidad, pero se
equivoca en creer que la encontrara lejos de la voluntad de Dios, por ello,
Juan Calvino, en su comentario al capítulo 9 de Nehemias dijo: “Aunque Dios los
enriqueció con toda clase de bienes, ellos abusaron de su prosperidad. Sin
embargo, Dios nunca dejó de extender su mano para socorrerlos”. Cuan
responsable somos entonces de saber administrar y cuidar las cosas y
bendiciones que Dios nos otorga, de no olvidarnos de sus muchas misericordias ya
que lamentablemente el hombre cuando está bien tiende a olvidarse de su Dios y termina
usando la prosperidad y libertad que se le han otorgado para pecar o hacer un
uso inapropiado de lo que tiene. Nunca olvidemos que todo lo que tenemos ha
sido dado por Dios para nuestro bien y para glorificarlo a través de una vida
santa y entregada a sus propósitos: “Ahora bien, se requiere de los
administradores, que cada uno sea hallado fiel”, (1 Corintios 4:2).
LA REBELIÓN DEL PUEBLO A LA VOLUNTAD DE DIOS
“Pero te provocaron a ira, y
se rebelaron contra ti, y echaron tu ley tras sus espaldas, y mataron a tus
profetas que protestaban contra ellos para convertirlos a ti, e hicieron
grandes abominaciones”.
Nehemias 9:26
A
pesar de las muchas bendiciones y promesas recibidas por parte de Dios vemos
como el pueblo se rebeló en contra de Dios para ir en pos de sus deseos
pecaminosos: “Pero te provocaron a ira, y se rebelaron contra ti, y echaron tu
ley tras sus espaldas…”. A pesar de su rebelión, Dios no los castigo
de inmediato, sino, los amonestó enviándoles profetas quienes les exhortaban al
arrepentimiento, lamentablemente, Israel los mataron y perseveraron en sus
abominaciones: “…. Y mataron a tus profetas que protestaban contra ellos para
convertirlos a ti, e hicieron grandes abominaciones”. Aquí vemos la dura realidad de la dureza de
corazón del hombre, su terco corazón que no reacciona al llamamiento divino,
sino, se esclaviza en su pecado hasta que este lo destruye. Debemos
cuidarnos de no volvernos rebeldes ante Dios, no debemos permitir que el pecado
nos ciego haciéndonos creer que es algo bueno para nosotros, especialmente si
hemos recibido grandes promesas de Dios. Despreciar el llamado de Dios es
despreciar la vida para irnos por un camino que solo conduce a la destrucción: “A los cielos y a la
tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida
y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas
tú y tu descendencia”, (Deuteronomio 30:19).
EL CICLO DE RUINA DE UN CORAZÓN NO DECIDIDO
“Entonces los entregaste en
mano de sus enemigos, los cuales los afligieron. Pero en el tiempo de su
tribulación clamaron a ti, y tú desde los cielos los oíste; y según tu gran
misericordia les enviaste libertadores para que los salvasen de mano de sus enemigos.
Pero una vez que tenían paz, volvían a hacer lo malo delante de ti, por lo cual
los abandonaste en mano de sus enemigos que los dominaron; pero volvían y
clamaban otra vez a ti, y tú desde los cielos los oías y según tus
misericordias muchas veces los libraste”.
Nehemias 9:27-28
Aquí vemos el ciclo
interminable de ruina del pecado cuando tenemos un corazón de doble ánimo. Por consecuencia
del pecado, Dios los entregaba a sus enemigos, quienes los afligían y cuando se
veían en tremenda aflicción clamaban a Dios quien por su misericordia los libraba
a través de un libertador para que los salvase de sus enemigos, pero una vez tenían
paz, volvían a hacer lo malo delante del Señor. Aquí vemos el ciclo
interminable de ruina y decadencia espiritual, este es: El pueblo es
bendecido por Dios/ el pueblo abandona la ley de Dios y peca/ Dios envía
profetas que los amonesten, pero no obedecen/ Dios envía enemigos que los afligen/
El pueblo clama a Dios/ Dios misericordioso envía un libertador que los libera
de su opresión/ Vuelve la paz, pero con el tiempo el pueblo se vuelve a rebelar
y se repite el ciclo. Esto nos recuerda al tiempo de los jueces de Israel,
aunque también lo podemos ver durante el tiempo de la monarquía, como sea, nos
muestra la ingratitud humana, Dios nos ha bendecido con la vida, nos ha otorgado
muchas bendiciones, pero, a veces lo olvidamos y creemos que la vida nos
pertenece y decidimos pecar, pero eso trae consecuencias. Agustín de Hipona, en
su obra, La Ciudad de Dios, comento algo al respecto: “La historia de Israel muestra que la
abundancia y la prosperidad no son suficientes para sostener la fidelidad, sino
que es la misericordia de Dios la que preserva al pueblo”. El problema de esto es el
corazón de doble ánimo, cuando nuestro corazón no se ha decidido por Dios y
decide claudicar entre dos pensamientos podemos caer en este ciclo de ruina. En
tiempos de Elías, el pueblo dudaba entre adorar a Dios o a Baal: “Y acercándose Elías a
todo el pueblo, dijo: ¿Hasta cuándo claudicaréis vosotros entre dos
pensamientos? Si Jehová es Dios, seguidle; y si Baal, id en pos de él. Y el
pueblo no respondió palabra”, (1 Reyes 18:21). Debemos decidirnos por Dios, eso
implica, dejar atrás nuestro pecado, no volver a mirar atrás, de hecho, Jesús
dijo que aquellos que vuelven a ver atrás no son aptos para el reino de Dios: “Y Jesús le dijo: Ninguno
que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de
Dios”, (Lucas 9:62). Por
ello, Santiago nos invita a limpiar nuestros corazones de toda inmundicia y convertirnos
a Dios: “Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Pecadores,
limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones”, (Santiago 4:8).
LA GRAN PACIENCIA DE DIOS
“Les amonestaste a que se
volviesen a tu ley; más ellos se llenaron de soberbia, y no oyeron tus
mandamientos, sino que pecaron contra tus juicios, los cuales, si el hombre
hiciere, en ellos vivirá; se rebelaron, endurecieron su cerviz, y no
escucharon. Les soportaste por muchos años, y les testificaste con tu Espíritu
por medio de tus profetas, pero no escucharon; por lo cual los entregaste en
mano de los pueblos de la tierra. Mas por tus muchas misericordias no los
consumiste, ni los desamparaste; porque eres Dios clemente y misericordioso”.
Nehemías 9:29-31
Finalmente, esta oración
expresa la gran paciencia y misericordia de Dios. Por causa de nuestro corazón malo
nos volvemos soberbios y no obedecemos al Señor, pero, todo tiene un límite,
muchas veces hay disciplinas o advertencia de su parte, pero cuando el hombre
no corrige sus caminos viene a ellos el juicio divino y eso le paso a Israel,
primero, el reino del norte fue invadido por los asirios y deportados a Babilonia,
luego, años después, Juda cayo por los babilonios, así, pasaron 70 años en cautiverio
y ahora, el pueblo recordaba las consecuencias de sus pecados. Ahora, este
juicio no paso de la noche a la mañana: “… Les soportaste por muchos años, y les
testificaste con tu Espíritu por medio de tus profetas…”. Esto nos habla de la
enorme paciencia de Dios, paciencia para tolerar sus pecados y no permitir que
vengan sobre ellos la calamidad por sus maldades. En Romanos Dios nos habla
de la gran paciencia de Dios para no enviar su juicio sobre los humanos: “¿O menosprecias las
riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su
benignidad te guía al arrepentimiento?”, (Romanos 2:4). En este pasaje se nos invita a
no despreciar las riquezas de su misericordia que nos guía al arrepentimiento,
estas riquezas son su benignidad, palabra que se traduce del griego jrestótes
(χρηστότης), que expresa un carácter bueno,
benévolo y carente de todo aquello que pueda dañar a alguien, además, nos habla
de su paciencia, palabra que se traduce del griego anoje (ἀνοχή), que significa tolerar algo para no perder la calma. Luego,
Pablo nos habla de la longanimidad de Dios, en español, “largo animo”, pero es
una palabra que se traduce del griego makrothumía (μακροθυμία), que significa paciencia prolongada que tolera
las imperfecciones humanas. De esta forma, su enorme paciencia impide que el
juicio por nuestros pecados llegue, esperando que atendamos su llamado al
arrepentimiento, incluso, ahora, el Señor no regresa de inmediato por ello:
“El Señor no
retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente
para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al
arrepentimiento”, (2 Pedro 3:9). Todo esto es por su gran misericordia,
misericordia que no debemos despreciar, antes, atendamos su llamado y vivamos
para Él, descubriendo su gran amor y benevolencia. Este día, el pueblo recordaba
el error de su corazón obstinado, pero veían una nueva oportunidad que el Señor
les daba, todo por su gran misericordia, por ello, Charles Spuergeon, en uno de
sus sermones acerca de Nehemias 9 dijo: “La misericordia de Dios es más grande que la obstinación del
hombre; aunque Israel olvidó, Dios recordó su pacto”.

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