“Luego se levantaron sobre la grada de los
levitas, Jesúa, Bani, Cadmiel, Sebanías, Buni, Serebías, Bani y Quenani, y
clamaron en voz alta a Jehová su Dios. Y dijeron los levitas Jesúa, Cadmiel,
Bani, Hasabnías, Serebías, Hodías, Sebanías y Petaías: Levantaos, bendecid a
Jehová vuestro Dios desde la eternidad hasta la eternidad; y bendígase el
nombre tuyo, glorioso y alto sobre toda bendición y alabanza. Tú solo eres
Jehová; tú hiciste los cielos, y los cielos de los cielos, con todo su
ejército, la tierra y todo lo que está en ella, los mares y todo lo que hay en
ellos; y tú vivificas todas estas cosas, y los ejércitos de los cielos te
adoran. Tú eres, oh Jehová, el Dios que escogiste a Abram, y lo sacaste de Ur
de los caldeos, y le pusiste el nombre Abraham; y hallaste fiel su corazón
delante de ti, e hiciste pacto con él para darle la tierra del cananeo, del
heteo, del amorreo, del ferezeo, del jebuseo y del gergeseo, para darla a su
descendencia; y cumpliste tu palabra, porque eres justo. Y miraste la aflicción
de nuestros padres en Egipto, y oíste el clamor de ellos en el Mar Rojo; e
hiciste señales y maravillas contra Faraón, contra todos sus siervos, y contra
todo el pueblo de su tierra, porque sabías que habían procedido con soberbia
contra ellos; y te hiciste nombre grande, como en este día. Dividiste el mar
delante de ellos, y pasaron por medio de él en seco; y a sus perseguidores
echaste en las profundidades, como una piedra en profundas aguas. Con columna
de nube los guiaste de día, y con columna de fuego de noche, para alumbrarles
el camino por donde habían de ir. Y sobre el monte de Sinaí descendiste, y
hablaste con ellos desde el cielo, y les diste juicios rectos, leyes
verdaderas, y estatutos y mandamientos buenos, y les ordenaste el día de reposo
santo para ti, y por mano de Moisés tu siervo les prescribiste mandamientos,
estatutos y la ley. Les diste pan del cielo en su hambre, y en su sed les
sacaste aguas de la peña; y les dijiste que entrasen a poseer la tierra, por la
cual alzaste tu mano y juraste que se la darías. Mas ellos y nuestros padres
fueron soberbios, y endurecieron su cerviz, y no escucharon tus mandamientos. No
quisieron oír, ni se acordaron de tus maravillas que habías hecho con ellos;
antes endurecieron su cerviz, y en su rebelión pensaron poner caudillo para
volverse a su servidumbre. Pero tú eres Dios que perdonas, clemente y piadoso,
tardo para la ira, y grande en misericordia, porque no los abandonaste. Además,
cuando hicieron para sí becerro de fundición y dijeron: Este es tu Dios que te
hizo subir de Egipto; y cometieron grandes abominaciones, tú, con todo, por tus
muchas misericordias no los abandonaste en el desierto. La columna de nube no
se apartó de ellos de día, para guiarlos por el camino, ni de noche la columna
de fuego, para alumbrarles el camino por el cual habían de ir. Y enviaste tu
buen Espíritu para enseñarles, y no retiraste tu maná de su boca, y agua les
diste para su sed. Los sustentaste cuarenta años en el desierto; de ninguna
cosa tuvieron necesidad; sus vestidos no se envejecieron, ni se hincharon sus
pies”.
Nehemías 9:4-21
INTRODUCCIÓN
Continuando con el relato del
capítulo 9 del libro de Nehemías llegamos a una sección donde los levitas
llaman a todo el pueblo a adorar el nombre del Señor y para ello también realizan
un recuerdo de su historia, historia que refleja la bondad de Dios. Ciertamente
el Señor es bueno y solo basta mirar al pasado para hacer memoria de dónde nos
ha sacado el Señor y los lugares por los cuales nos ha guiado.
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La memoria histórica de la bondad de Dios
UNA ADORACIÓN A DIOS DESDE LA ETERNIDAD HASTA LA ETERNIDAD
“Luego se levantaron sobre la grada de los
levitas, Jesúa, Bani, Cadmiel, Sebanías, Buni, Serebías, Bani y Quenani, y
clamaron en voz alta a Jehová su Dios. Y dijeron los levitas Jesúa, Cadmiel,
Bani, Hasabnías, Serebías, Hodías, Sebanías y Petaías: Levantaos, bendecid a
Jehová vuestro Dios desde la eternidad hasta la eternidad; y bendígase el
nombre tuyo, glorioso y alto sobre toda bendición y alabanza. Tú solo eres
Jehová; tú hiciste los cielos, y los cielos de los cielos, con todo su
ejército, la tierra y todo lo que está en ella, los mares y todo lo que hay en
ellos; y tú vivificas todas estas cosas, y los ejércitos de los cielos te
adoran”.
Nehemías 9:4-6
En el versículo 4 y 5 podemos encontrar dos listas
de levitas, algunos se repiten, que tienen dos propósitos diferentes, el primer
grupo le levantaron a adorar a Dios: “… Jesúa, Bani, Cadmiel, Sebanías, Buni, Serebías, Bani y Quenani, y
clamaron en voz alta a Jehová su Dios…” , mientras que en el segundo listado, algunos nombres se repiten,
otros no, pero estos exhortaron al pueblo a adorar: “… dijeron los levitas Jesúa, Cadmiel, Bani,
Hasabnías, Serebías, Hodías, Sebanías y Petaías: Levantaos, bendecid a Jehová…” Aquí vemos a los lideres espirituales de la nación
guiando al pueblo a la verdadera adoración a Dios, estos les exhortan a
levantarse y estando de pie adorar al Señor: “… bendecid a
Jehová vuestro Dios desde la eternidad hasta la eternidad; y bendígase el nombre tuyo, glorioso y alto
sobre toda bendición y alabanza…” En esta exclamación podemos aprender dos cosas importantes acerca
de la adoración, la primera, se bendice a Dios desde la eternidad hasta la
eternidad, es decir, siempre. Adorar no solo significa cantarle himnos
los días de culto en un solo lugar en específico, sino, debemos adorarlo con
nuestros actos, palabras y acciones las 24 horas del día, esta adoración
debe ser con todo temor y reverencia, con verdadera santidad y devoción a su
ser y debe reflejarse en nuestra manera de vivir: “Dad a Jehová la gloria debida a su nombre; adorad
a Jehová en la hermosura de la santidad”, (Salmos 29:2). Para Juan Pérez de Pineda, un reformador español
del siglo XVI, la verdadera adoración implicaba una verdadera entrega en cuerpo
y alma: “Toda nuestra vida
ha de ser un perpetuo sacrificio de alabanzas al Señor… nuestras obras han de
ser pregoneras de su gloria”. Estas palabras nos recuerdan el texto de Romanos, donde Pablo
nos habla del verdadero sacrificio que a Dios le agrada, una vida entregada
a Él, moldeada por el poder de su palabra para descubrir la perfecta voluntad
de Dios: “Así que, hermanos,
os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en
sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os
conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de
vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios,
agradable y perfecta”, (Romanos 12:1-2). En segundo lugar, este texto nos enseña que adoramos
a un Dios cuyo nombre es grande: “… el nombre tuyo, glorioso y alto sobre toda bendición y alabanza…”. Esto significa que el nombre de nuestro
Señor es grande, incomparable en obras y justicia, su misericordia es inmensa y
no hay otro dios o ídolo de este mundo que pueda igualarlo, por ello, los
levitas adoraban exaltando su increíble grandeza: “… Tú solo eres Jehová; tú
hiciste los cielos, y los cielos de los cielos, con todo su ejército, la tierra
y todo lo que está en ella, los mares y todo lo que hay en ellos; y tú
vivificas todas estas cosas, y los ejércitos de los cielos te adoran”. Las exclamaciones son enfáticas, el pronombre personal, “Tú”,
lo declara todo, “Tú solo eres Jehová”, es decir, no hay otro nombre más maravilloso que
este, “… tú hiciste los cielos, y los cielos de los
cielos, con todo su ejército, la tierra y todo lo que está en ella, los mares y
todo lo que hay en ellos…”, o sea, su grandeza radica también en
quien es el Creador Todopoderoso, y no solo eso, sino, el sustentador de su creación,
todo existe y se mantiene en su orden por su poder: “…
tú vivificas todas estas cosas…”. Realmente
nuestro Dios es grande y digno de ser adorado y estos levitas sabían expresarlo
a través de sus palabras de alabanza.
UNA MEMORIA HISTÓRICA DE SU GRAN BONDAD
Los versículos del 7 en
adelante nos presentan un fabuloso recuento histórico de la gran bondad de
Dios para con su pueblo Israel. El famoso comentarista bíblico y puritano
del siglo XVII, Matthew Henry, al explicar el capítulo 9 de Nehemías afirma que
nos encontramos ante una “historia abreviada de la gracia y la ingratitud” y que la misericordia divina es el hilo
conductor que sostuvo a Israel a pesar de sus caídas. Que hermosa realidad
para nosotros, seres dañados por el pecado que caímos, pero nos levantamos gracias
a su enorme misericordia para encontramos con esta gracia bendita. A lo largo
de su exclamación se resaltan los siguientes aspectos de la incomparable
misericordia y gracia de Dios, algo que se refleja en la misma historia de
Israel:
1. Es Dios quien escoge por gracia, incondicionalmente, sin previos méritos: “Tú eres, oh Jehová, el Dios que escogiste a Abram, y lo sacaste de Ur de los caldeos, y le pusiste el nombre Abraham; y hallaste fiel su corazón delante de ti, e hiciste pacto con él para darle la tierra del cananeo, del heteo, del amorreo, del ferezeo, del jebuseo y del gergeseo, para darla a su descendencia; y cumpliste tu palabra, porque eres justo”, (Nehemías 9:7-8). De igual forma, nosotros fuimos escogido por Dios, según su gran misericordia para grandes propósitos: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé”, (Juan 15:16).
2. El Señor es quien elige, salva y hace justicia a sus escogidos: “Y miraste la aflicción de nuestros padres en Egipto, y oíste el clamor de ellos en el Mar Rojo; e hiciste señales y maravillas contra Faraón, contra todos sus siervos, y contra todo el pueblo de su tierra, porque sabías que habían procedido con soberbia contra ellos; y te hiciste nombre grande, como en este día. Dividiste el mar delante de ellos, y pasaron por medio de él en seco; y a sus perseguidores echaste en las profundidades, como una piedra en profundas aguas”, (Nehemías 9:9-11). Este segmento de la historia de Israel nos recuerda cómo el Señor escucha el clamor de su pueblo y hace maravillas y justicia delante de ellos para traer bienestar a su pueblo.
3. Dios provee guía y dirección a su pueblo para conducirlos por el camino correcto y de bendición: “Con columna de nube los guiaste de día, y con columna de fuego de noche, para alumbrarles el camino por donde habían de ir. Y sobre el monte de Sinaí descendiste, y hablaste con ellos desde el cielo, y les diste juicios rectos, leyes verdaderas, y estatutos y mandamientos buenos, y les ordenaste el día de reposo santo para ti, y por mano de Moisés tu siervo les prescribiste mandamientos, estatutos y la ley”, (Nehemías 9:12-14). De manera sobrenatural los guio por medio de una columna de nube en el día y una de fuego por la noche cuando peregrinaron por 40 años en el desierto, además, les dio sus leyes y preceptos divinos para guiarlos. De igual forma, hoy tenemos la dirección del Espíritu Santo y las enseñanzas de la Biblia para guiarnos por la senda de justicia.
4. Dios sustenta nuestras vidas y provee para nuestras necesidades: “Les diste pan del cielo en su hambre, y en su sed les sacaste aguas de la peña; y les dijiste que entrasen a poseer la tierra, por la cual alzaste tu mano y juraste que se la darías”, (Nehemías 9:15). Su gracia es infinita, no solo se manifiesta en su elección incondicional, dirección y protección divina, sino, en su providencia.
5. Su enorme paciencia para no pagarnos según nuestras obras: “Mas ellos y nuestros padres fueron soberbios, y endurecieron su cerviz, y no escucharon tus mandamientos. No quisieron oír, ni se acordaron de tus maravillas que habías hecho con ellos; antes endurecieron su cerviz, y en su rebelión pensaron poner caudillo para volverse a su servidumbre. Pero tú eres Dios que perdonas, clemente y piadoso, tardo para la ira, y grande en misericordia, porque no los abandonaste. Además, cuando hicieron para sí becerro de fundición y dijeron: Este es tu Dios que te hizo subir de Egipto; y cometieron grandes abominaciones, tú, con todo, por tus muchas misericordias no los abandonaste en el desierto…”, (Nehemías 9:16-19). Aquí tenemos un recuerdo histórico de las muchas rebeliones del pueblo; pero resaltan unas palabras maravillosas, por tus muchas misericordias no los abandonaste, ¡Oh bendita longanimidad que nos guía al arrepentimiento y que nos hace reflexionar en su gran paciencia e incomparable misericordia!
6. Un Dios, tardo para la ira, grande en misericordia: “… La columna de nube no se apartó de ellos de día, para guiarlos por el camino, ni de noche la columna de fuego, para alumbrarles el camino por el cual habían de ir. Y enviaste tu buen Espíritu para enseñarles, y no retiraste tu maná de su boca, y agua les diste para su sed. Los sustentaste cuarenta años en el desierto; de ninguna cosa tuvieron necesidad; sus vestidos no se envejecieron, ni se hincharon sus pies”, (Nehemías 9:19-21). A pesar de la rebeldía de su pueblo, la misericordia y gracia de Dios no se apartó de ellos, aun en medio de sus pecados, el Señor continuo con ellos, disciplinándolos, guiándolos y proveyéndoles hasta cumplir sus promesas de introducirlos en la tierra prometida.
Al final, esta historia nos enseña una poderosa
verdad, la realidad de la gracia y misericordia de Dios. El autor de la carta a
los Hebreos nos dice: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para
alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro”, (Hebreos 4:16). Aquí el autor bíblico utiliza
estas dos palabras acuñadas por el Nuevo Testamento, gracia y misericordia. En un
estudio del Dr. Leman Strauss escuche una definición de estos términos que me
gustan mucho, gracia es recibir lo que no merecemos, misericordia es no
recibir lo que merecemos. Ciertísima verdad bíblica que trae a nuestros
corazones esperanza de vida eterna y la historia de Israel lo refleja, así como
la nuestra, nuestra vida es un vivo testimonio de todo esto.

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