“Así partieron del monte de Jehová camino de tres días; y el arca
del pacto de Jehová fue delante de ellos camino de tres días, buscándoles lugar
de descanso”.
Números 10:33
INTRODUCCIÓN
Israel ha partido del Monte Sinai después
de casi un año de estadía, tiempo en el cual recibieron la ley y Dios los
organizo, social, militar y espiritualmente, prácticamente eran una Teocracia. Ahora
vamos a estudiar la ruta que recorrieron rumbo a Cades barnea, los principales
puntos durante su trayectoria, sus acontecimientos y enseñanzas para nuestra
vida espiritual.

La ruta rumbo a la tierra prometida
DETALLES DE LA MARCHA RUMBO A CADES BARNEA
El trayecto desde el Monte Sinaí
hasta Cades-barnea está narrado en varios pasajes de Números, desde el capítulo
10 al 12, hasta acampar en Cades barnea y enviar a los 12 espías a explorar la
tierra prometida, la tierra de Canaán. Cuando salieron fue en el año 2, en el
mes 2, día 20 (Números 10:11). El libro de Números nos relata los primeros 3 días
de su marcha: “Así partieron del monte de Jehová
camino de tres días; y el arca del pacto de Jehová fue delante de ellos camino
de tres días, buscándoles lugar de descanso. Y la nube de Jehová iba sobre
ellos de día, desde que salieron del campamento”, (Números 10:33-34). Después de 3 días de marcha el
texto resalta dos cosas, primero, el arca del pacto iba delante de ellos.
Por regla general, el arca viajaba en medio de las tribus y cuando acampaban, quedaba
en medio de las tribus: “Luego irá el tabernáculo en el
campamento de los levitas, en medio de los campamentos; así como acampan, así
marcharán cada uno en su lugar, según su bandera”, (Números 2:17). Sin embargo, en ocasiones especiales
el arca iba delante de ellos, como una confirmación de que Jehová estaba delante
de ellos para protegerlos y pelear sus batallas. Así, cuando Israel cruzo
el Jordán en tiempos de Josué, el arca del pacto iba delante de ellos (Josué
3:3–6), y en tiempos de guerra el arca fue llevada como símbolo de la presencia
divina (1 Samuel 4:3–5). En segundo lugar, se confirma que la nube de Jehová
iba sobre ellos de día, desde el día que salieron, y esto significa que su
presencia jamás se apartó de ellos: “Porque
Jehová vuestro Dios va con vosotros, para pelear por vosotros contra vuestros
enemigos, para salvaros”, (Deuteronomio
20:4). Luego, durante su marcha por el desierto rumbo a la tierra prometida
vemos como Moisés oraba porque la presencia de Dios no se apartará de ellos:
“Cuando el arca se movía, Moisés decía: Levántate, oh Jehová,
y sean dispersados tus enemigos, y huyan de tu presencia los que te aborrecen.
Y cuando ella se detenía, decía: Vuelve, oh Jehová, a los millares de millares
de Israel”, (Números
10:35-36). Cuando se movía el arca, Moisés pedía que Jehová peleara por ellos,
cuando el arca se detenía, pedía a Dios que su presencia reposara con ellos
para protegerlos de los peligros del desierto, en todo momento Moisés clamaba
el respaldo de Dios y esto nos enseña que tanto en tiempos de batalla y
reposo, necesitamos la presencia de Dios para vencer y vivir en reposo gozando
de su protección.
¿Cuánto tiempo duro la marcha desde
el Monte Sinai hasta Cades barnea?
El libro de Números solo nos dice que habían transcurrido 3 días de marcha
antes de los acontecimientos del capítulo 11, pero en Deuteronomio se nos da
una pista: “Once jornadas hay desde Horeb camino
del monte de Seir hasta Cades-barnea”, (Deuteronomio 1:2). Según esta referencia, el viajo
duro 11 jornadas u 11 días desde Horeb o monte Sinai, hasta Cades barnea. Mapas
arqueológicos del desierto de Parán estiman unos 250 a300 km de distancia, lo
que concuerda con unos 10 a 12 días de marcha para una caravana grande lo cual
confirmaría la aseveración de Deuteronomio. Ahora, este vieje de 11 días estuvo
lleno de murmuraciones y desobediencias, lo cual le hizo difícil el viaje a
Israel, por ello, Flavio Josefo comento: “El
viaje desde el monte Sinaí hasta Cades-barnea no era largo; sin embargo, por
sus murmuraciones y desobediencia, Dios los hizo errar en el desierto por muchos
años”, (Antigüedades Judías, Libro III,
cap. 1).
Tabera (Números 11:1-3).
El primer incidente lo tenemos después
de los 3 días de viaje, allí el pueblo se quejó: “Aconteció que el pueblo se quejó a
oídos de Jehová; y lo oyó Jehová, y ardió su ira, y se encendió en ellos fuego
de Jehová, y consumió uno de los extremos del campamento”, (Números 11:1). No sabemos en qué consistía
la queja, pero esto enojó en gran manera a Dios lo cual provocó un fuego que
los consumió en uno de los extremos del pueblo, Moisés al ver esto, intercedió
por el pueblo: “Entonces el pueblo clamó a Moisés, y
Moisés oró a Jehová, y el fuego se extinguió. Y llamó a aquel lugar Tabera,
porque el fuego de Jehová se encendió en ellos”, (Numero 11:2-3). Aquel lugar fue llamado Tabera, que se
traduce del hebreo Tabera (תַּבְעֵרָה)
que significa, “incendio” o “ardiente”, porque allí ardió la ira de Dios y
consumió a los israelitas rebeldes. No sabemos en qué consistió el “fuego de
Jehová” que los consumió, algunos opinan que pudo ser fuego que Dios hizo
descender del cielo, otros hablan de relámpagos que cayeron en el campamento,
otros opinan que los efectos abrazadores del sol que calentaron el campamento
hasta provocar un incendio.
Kibrot-hataava (Números 11:4–35).
El segundo lugar donde pasaron los
israelitas fue Kibrot-hataava. El incidente se dio porque los extranjeros
que iban con ellos comenzaron a quejarse del maná: “Y la gente extranjera que se mezcló con ellos tuvo un vivo deseo, y
los hijos de Israel también volvieron a llorar y dijeron: ¡Quién nos diera a
comer carne!” (Números
11:4). El pecado era grave, primero porque menospreciaron la provisión
de Dios que era buena en gran manera, el mismo texto nos describe cómo era
el maná: “Y era el maná como semilla de
culantro, y su color como color de bedelio. El pueblo se esparcía y lo recogía,
y lo molía en molinos o lo majaba en morteros, y lo cocía en caldera o hacía de
él tortas; su sabor era como sabor de aceite nuevo. Y cuando descendía el rocío
sobre el campamento de noche, el maná descendía sobre él”, (Números 11:7-9). Segundo, exageraban
afirmando que en Egipto tenían la comida de balde: "Nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de balde, de
los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos; y ahora nuestra
alma se seca; pues nada sino este maná ven nuestros ojos”, (Números 11:5-6). En Egipto solo eran
esclavos, sin derecho, sin embargo, Dios les ofrecía grandes cosas, su libertad
y todo el bien posible, pero por la influencia de los extranjeros y el calor
del sol, aquel día pecaron menospreciando la provisión divina.
Este acontecimiento desencadeno dos
cosas. La primera, Moisés se queja de la carga moral que lleva con ese
pueblo quejumbroso a tal punto que le pide a Dios que le quite la vida: “Y dijo Moisés a Jehová: ¿Por qué has hecho mal a tu siervo? ¿y por
qué no he hallado gracia en tus ojos, que has puesto la carga de todo este
pueblo sobre mí? ¿Concebí yo a todo este pueblo? ¿Lo engendré yo, para que me
digas: Llévalo en tu seno, como lleva la que cría al que mama, a la tierra de
la cual juraste a sus padres? ¿De dónde
conseguiré yo carne para dar a todo este pueblo? Porque lloran a mí, diciendo: Danos
carne que comamos. No puedo yo solo soportar a todo este pueblo, que me es
pesado en demasía. Y si así lo haces tú conmigo, yo te ruego que me des muerte,
si he hallado gracia en tus ojos; y que yo no vea mi mal”, (Números 11:11-15). Esto llevo a Dios a
aligerar la carga de Moises eligiendo a 70 ancianos que le ayudarían a juzgar
al pueblo: “Entonces Jehová dijo a Moisés:
Reúneme setenta varones de los ancianos de Israel, que tú sabes que son
ancianos del pueblo y sus principales; y tráelos a la puerta del tabernáculo de
reunión, y esperen allí contigo. Y yo descenderé y hablaré allí contigo, y
tomaré del espíritu que está en ti, y pondré en ellos; y llevarán contigo la
carga del pueblo, y no la llevarás tú solo”, (Números 11:16-17). Dios puso el mismo espíritu de
sabiduría que estaba en Moisés en los 70 ancianos capacitándolos para ser los
guías espirituales del pueblo: “Entonces Jehová
descendió en la nube, y le habló; y tomó del espíritu que estaba en él, y lo
puso en los setenta varones ancianos; y cuando posó sobre ellos el espíritu,
profetizaron, y no cesaron”, (Números
11:25). Este día, el Espíritu de Dios descendió sobre los 70 ancianos, haciéndolos
profetizar como una evidencia visible que Dios estaba confirmando su autoridad,
tanta fue la presencia de Dios sobre ellos, que incluso dos varones que no eran
parte de los 70 ancianos recibieron esa unción que había caído a tal punto que también
profetizaron: “Y habían quedado en el campamento dos
varones, llamados el uno Eldad y el otro Medad, sobre los cuales también reposó
el espíritu ... y profetizaron en el campamento”, (Números 11:26). Cuando Josué se dio cuenta de esto, se
puso celoso por Moisés a tal punto que le pidió que lo impidiera, pero Moisess
deseaba que no solo él, sino todo el pueblo entero disfrutara de la misma relación
y respaldo de Dios: “Entonces respondió Josué hijo de Nun,
ayudante de Moisés, uno de sus jóvenes, y dijo: Señor mío Moisés, impídelos. Y
Moisés le respondió: ¿Tienes tú celos por mí? Ojalá todo el pueblo de Jehová
fuese profeta, y que Jehová pusiera su espíritu sobre ellos”, (Números 11:28-29). Esto nos recuerda al día
de Pentecostés, el día cuando el Espíritu Santo vino sobre la iglesia y esta
hablo en otras lenguas como evidencia de esto.
Con respecto a la queja del pueblo, Dios hablo a Moisés: “Pero al pueblo dirás: Santificaos para mañana, y comeréis carne;
porque habéis llorado en oídos de Jehová, diciendo: ¡Quién nos diera a comer
carne! ¡Ciertamente mejor nos iba en Egipto! Jehová, pues, os dará carne, y
comeréis. No comeréis un día, ni dos días, ni cinco días, ni diez días, ni
veinte días, sino hasta un mes entero, hasta que os salga por las narices…”, (Números 11:18-20). El pecado del pueblo
era grave, habían menospreciado la provisión de Dios afirmando que estaban
mejor en Egipto, lo cual no era así, ahora, el Señor les concedería lo que querían,
pero se astearían tanto de comerlo que enfermería y aún morirían. Moisés se
preguntó cómo Dios podía alimentar con carne a tanto pueblo en medio del
desierto: “… Seiscientos mil de a pie es el
pueblo en medio del cual yo estoy; ¡y tú dices: Les daré carne, y comerán un
mes entero! ¿Se degollarán para ellos ovejas y bueyes que les basten? ¿o se
juntarán para ellos todos los peces del mar para que tengan abasto?”, (Números 11:21-22). A esto Dios respondió: “… ¿Acaso se ha acortado la mano de Jehová? Ahora verás si se cumple
mi palabra, o no”, (Números 11:23).
Al final, Dios cumplió su palabra, hizo soplar un viento desde el mar que
trajo consigo muchas codornices que Israel encontró al siguiente día en
todo el camino que tenían por delante, ellos recogieron, durante dos días,
durante la mañana y la noche, pasaron recogiendo, el que menos recogió fue 10
montones. El texto de Números 11:31 menciona un viento enviado por Dios que
trajo las codornices “del mar”, esto encaja perfectamente con los vientos
estacionales del Mar Rojo, que pueden empujar bandadas enteras hacia tierra
firme. Las codornices comunes (Coturnix coturnix) son aves migratorias que
cruzan el Mar Rojo y la península del Sinaí cada año, migran desde África hacia
el norte, rumbo a Asia y Europa, en primavera, vuelan bajo y fatigadas después
de cruzar el mar, lo que las hace fáciles de capturar. Los vientos del noroeste
o del este pueden desviarlas hacia el desierto de Parán, justo donde acampaba
Israel. Ahora, después de comer en saciedad, vino una especie de plaga que
comenzó a matar al pueblo: “Aún estaba la carne
entre los dientes de ellos, antes que fuese masticada, cuando la ira de Jehová
se encendió en el pueblo, e hirió Jehová al pueblo con una plaga muy grande. Y
llamó el nombre de aquel lugar Kibrot-hataava, por cuanto allí sepultaron al pueblo
codicioso”, (Números
11:33-34). Podemos ver cómo la codicia y deseo de satisfacer los placeres
temporales de este mundo pueden despreciar la provisión divina de Dios y traer
terribles juicios, aquellas cosas aparentemente placenteras por la que
menospreciamos la provisión de Dios puede convertirse en un juicio. Aquel lugar
recibió el nombre de Kibrot-hataava, que se
traduce del hebreo Quibrót jatTaavá (קִבְרוֹת
הַתַּאֲוָה), que significa, “Sepulcro del deseo”, o
“tumbas de los codiciosos”, como un recordatorio del precio que la
codicia tiene cuando decidimos satisfacer nuestros apetitos antes de confiar en
la provisión de Dios.
Hazerot (Números 12:1–16).
Números nos dice que después de Kibrot-hataava
Israel se movió a Hazerot: “De Kibrot-hataava partió el pueblo a
Hazerot, y se quedó en Hazerot”,
(Números 11:35). Hazerot se traduce del hebreo KJatserót (חֲצֵרוֹת), que podría significar “lugar cercado”, o “patios”.
En el capítulo 12 tenemos el caso de la murmuración de María y Aarón en
contra de Moisés por unirse a una mujer cusita: “María
y Aarón hablaron contra Moisés a causa de la mujer cusita que había tomado;
porque él había tomado mujer cusita”, (Números 12:1). ¿Quién era la mujer cusita?
Algunos opinan que se trataba de la misma Séfora, la hija de Jetro con la que
se casó y el termino cusita hace referencia al color de su piel, color oscuro.
Sin embargo, otros opinan que se trata de otra mujer, probablemente Séfora había
muerto y Moisés toma para si una mujer oriunda de Cus, una nación del
continente africano. Para María y Aarón Moisés había fallado y por ello
criticaron su liderazgo: “Y dijeron: ¿Solamente por Moisés ha
hablado Jehová? ¿No ha hablado también por nosotros? Y lo oyó Jehová. Y aquel
varón Moisés era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra”, (Números 12:2-3). Podemos ver la increíble humildad
de Moisés al no defenderse de las críticas de sus hermanos, sin embargo, Dios
continuó respaldando a su siervo y les dejo claro el especial instrumento que
Moisés le era: “Y él les dijo: Oíd ahora mis
palabras. Cuando haya entre vosotros profeta de Jehová, le apareceré en visión,
en sueños hablaré con él. No así a mi siervo Moisés, que es fiel en toda mi
casa. Cara a cara hablaré con él, y claramente, y no por figuras; y verá la
apariencia de Jehová. ¿Por qué, pues, no tuvisteis temor de hablar contra mi
siervo Moisés?”, (Números 12:6-8).
María y Aarón pecaron al criticar al siervo de Dios y aquí encontramos un
principio espiritual importante, el peligro de criticar a la autoridad
espiritual puesta por Dios de forma imprudente. Por ello, cuando le
sugirieron a David levantar su espada en contra del rey Saúl exclamó: “… Jehová me guarde de hacer tal cosa contra mi señor, el ungido de
Jehová, que yo extienda mi mano contra él; porque es el ungido de Jehová”, (1 Samuel 24:6).
Judas en su carta condena a aquellos que blasfeman en contra de las autoridades
espirituales: “No obstante, de la misma manera
también estos soñadores mancillan la carne, rechazan la autoridad y blasfeman
de las potestades superiores”,
(Judas 8). De allí que Pablo advierte que si se presenta acusación en contra de
un anciano de la iglesia se haga con dos o tres testigos: “Contra un anciano no admitas acusación sino con dos o tres testigos”, (1 Timoteo 5:19). Por sus críticas, Dios reprendió
a Aarón y María fue hecho leprosa: “Entonces la ira de
Jehová se encendió contra ellos… y he aquí que María estaba leprosa como la
nieve … Y dijo Aarón a Moisés: ¡Ah! señor mío, no pongas ahora sobre nosotros
este pecado; porque locamente hemos actuado, y hemos pecado”, (Números 12:9, 10, 11). Al final, Moisés
oro por María, pero Dios les ordenó que María saliera del campamento por 7 días
y después de este tiempo el pueblo partió rumbo a Cades-barnea: “Después el pueblo partió de Hazerot, y acamparon en el desierto de
Parán”, (Números
12:16).

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