“Zarpando, pues, de Troas, vinimos con rumbo directo a Samotracia, y el día siguiente a Neápolis; y de allí a Filipos, que es la primera ciudad de la provincia de Macedonia, y una colonia; y estuvimos en aquella ciudad algunos días. Y un día de reposo salimos fuera de la puerta, junto al río, donde solía hacerse la oración; y sentándonos, hablamos a las mujeres que se habían reunido. Entonces una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios, estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía. Y cuando fue bautizada, y su familia, nos rogó diciendo: Si habéis juzgado que yo sea fiel al Señor, entrad en mi casa, y posad. Y nos obligó a quedarnos”.
Hechos 16:11-15
INTRODUCCIÓN
Nos encontramos en el segundo viaje misionero de Pablo y luego que el Espíritu Santo les impidió predicar el evangelio, Pablo recibe una visión donde un hombre macedonio le pedía que fuese a ellos y les predicara el mensaje. En su viaje a Europa llegarían a Filipos, una de las principales ciudades de Macedonia, no imaginamos la emoción que Pablo y sus compañeros debieron sentir por el hecho de embarcarse en misiones transculturales, ya que los europeos poseían una cultura, creencias religiosas e idiomas muy diferentes a las culturas orientales, aun así, Pablo conocía el idioma griego, por lo que no sería una barrera demasiado difícil de vencer.
PABLO Y SUS COMPAÑEROS LLEGAN A FILIPOS
“Zarpando, pues, de Troas, vinimos con rumbo directo a Samotracia, y el día siguiente a Neápolis; y de allí a Filipos, que es la primera ciudad de la provincia de Macedonia, y una colonia; y estuvimos en aquella ciudad algunos días”.
Hechos 16:11-12
Los versículos 11 y 12 nos describen la ruta que Pablo y sus compañeros siguieron rumbo a Macedonia. Recordemos, el Espíritu Santo le había revelado a Pablo a dónde tenía que ir a predicar su mensaje: “... descendieron a Troas. Y se le mostró a Pablo una visión de noche: un varón macedonio estaba en pie, rogándole y diciendo: Pasa a Macedonia y ayúdanos”, (Hechos 16:8-9). Esto nos enseña que las verdaderas misiones y en general, el servicio a Dios debe estar direccionado por el Espíritu Santo y el libro de Hechos nos muestra este principio, así vemos como Felipe fue llevado a evangelizar al eunuco etíope por instrucción directa del Espíritu Santo (Hechos 8:29), fue el Espíritu Santo quien le dijo a Pedro que no temiese a los hombres que lo buscaban para ir y compartir el evangelio a Cornelio y los suyos (Hechos 10:19-20); Pablo y Bernabe fueron llamado a iniciar su primer viaje misionero a través del Espíritu Santo (Hechos 13:2-4). Y ahora, Pablo estaba siendo llamado a predicar el evangelio en Europa, no por simple instinto o emoción, sino, porque el Espíritu de Dios lo había guiado a tan noble labor. Nosotros debemos aprender este principio, no solo para servirle a Dios en su obra, sino, en nuestra vida en general, ya que todos los que hemos nacido de nuevo tenemos como guía al Espíritu Santo: “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios”, (Romanos 8:14). De esta forma, por la voluntad y dirección divina, el evangelio estaba llegando a Europa, de hecho, Juan Crisostomo, uno de los padres de la Iglesia Primitiva dice en su Homilía 34: “El Señor abrió su corazón, no Pablo; porque la gracia precede a la palabra. Pablo predicó, pero Dios obró en lo interior. Así se formó la primera iglesia en Europa, no por la fuerza de los hombres, sino por la providencia divina”.
Podemos seguir la ruta seguida por Pablo y sus compañeros, primero, en Troas Pablo recibe la visión del varón macedonio pidiéndole que vaya a ellos para ayudarlos. En la región de Misia, al noroeste de Asia Menor, cerca del mar Egeo, Troas fue una ciudad portuaria estratégica en Asia Menor (actual Turquía) que para este tiempo era una colonia romana privilegiada, embellecida con teatros, baños, templos y un acueducto. Troas era un puerto transitorio entre Asia Menor y Europa. De aquí Pablo y sus compañeros viajan en barco a Samotracia, una isla montañosa griega situada en el mar Egeo, al norte de Grecia, frente a la costa de Turquía, famosa en la antigüedad por sus cultos religiosos y misterios. Fue una escala intermedia en la travesía marítima. Luego, de allí parten a Neápolis, un puerto en la costa de Macedonia (actual Kavala, Grecia) la cual era la entrada natural hacia la tierra firme europea, y luego, desde allí llegan a Filipos, una ciudad con raíces griegas, pero anexada al territorio Macedonio por Filipo II (padre de Alejandro Magno) el cual la conquistó y la fortificó, dándole su nombre. Para esta época era una colonia romana, de hecho, Lucas así lo afirma al decir: Filipos, que es la primera ciudad de la provincia de Macedonia, y una colonia, siendo así, era una ciudad privilegiada con leyes romanas, veteranos asentados allí y arquitectura romana. Lucas dice: ... y el día siguiente a Neápolis; y de allí a Filipos, que es la primera ciudad de la provincia de Macedonia, y una colonia; y estuvimos en aquella ciudad algunos días. El texto dice que estuvieron en Filipo muchos días, en griego dice jemepas tinas (ἡμέρας τινάς), que hace referencia a una estancia significativa y no breve, por lo que podemos inferir que fueron varios días, quizás una o dos semanas, difícil confirmarlo, pero los acontecimientos ocurridos en Filipos, como la conversión de Lidia, la liberación de la muchacha poseída de un espíritu de adivinación, el encarcelamiento de Pablo y Silas y el terremoto a media noche, su visita a la casa del carcelero de Filipo y su discusión con los magistrados de Filipos sugieren que realmente fueron varios días que estuvieron en dicha ciudad.
BUSCANDO COMPARTIR EL MENSAJE DEL EVANGELIO
“Y un día de reposo salimos fuera de la puerta, junto al río, donde solía hacerse la oración; y sentándonos, hablamos a las mujeres que se habían reunido”.
Hechos 16:13
No sabemos cuántos días después de haber llegado a Filipo Pablo y sus compañeros decidieron salir a compartir el evangelio, probablemente, el primer día buscaron una posada donde hospedarse, luego, debieron salir al día siguiente a reconocer el lugar, debieron sorprenderse de verse en medio de otra cultura y lengua muy diferente a las orientales, aunque sabemos que Pablo hablaba el griego, sus costumbres, vestuarios y religión era muy diferente a las religiones orientales. Lucas nos dice que fue un sábado, día de reposo, que descendieron salir junto a un rio donde solían reuniré unas mujeres a orar. Es curioso observar que Pablo no fue a una sinagoga a compartir sus creencias evangélicas, como solía hacerlo durante su primer viaje misionero, y esto es así porque lo más seguro es que no existían en Filipos y, por ende, la comunidad judía era mínima en dicho lugar, ya que el Talmud y la Midrash establecían que se necesitaba un grupo mínimo de 10 judíos para poder establecer una sinagoga y en Filipos no se cumplía con este requisito. ¿Quiénes eran esas mujeres que se reunían junto al rio a orar? La traducción de la RV60 nos sugiere que había unas mujeres allí porque se acostumbraba a hacer oraciones en dicho lugar, sin embargo, algunos opinan que una mejor traducción seria que Pablo y sus compañeros buscaban un lugar donde orar y allí encontraron unas mujeres: “El sábado salimos a las afueras de la ciudad y fuimos por la orilla del río, donde esperábamos encontrar un lugar de oración. Nos sentamos y nos pusimos a conversar con las mujeres que se habían reunido”, (Hechos 16:13, NVI). Como haya sido, allí encontraron unas mujeres piadosas, algunas judías probablemente, otras gentiles temerosas de Dios probablemente y habían conocido al Dios de los judíos en sus viajes en otras partes del mundo. Vemos como Pablo buscaba una ocasión para compartir el mensaje de Cristo y encontrando a un grupo de mujeres decidieron compartírselo. Esto nos muestra la sencillez y decisión de compartir el evangelio, no siempre necesitamos grandes auditorios, sino, la oportunidad para dar testimonio de su palabra.
CUANDO EL ESPÍRITU SANTO ABRE LOS CORAZONES
“Entonces una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios, estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía. Y cuando fue bautizada, y su familia...”
Hechos 16:14-15
Aquel día Pablo aprovecho la oportunidad para compartirle su mensaje a aquellas mujeres y entre ellas había una llamada Lidia. Según el texto, Lidia era originaria de la ciudad de Tiatira, una ciudad de Asia Menor, la actual Turquía, una de las 7 ciudades donde se encontraba una de las iglesias a las cuales Juan envía sus cartas en el libro de Apocalipsis (Apocalipsis 2:18-29). Lidia parecía ser una mujer de la aristocracia, una comerciante de mucho prestigio económico, ya que se dedicaba a vender purpura, la purpura se extraía de glándulas de caracoles marinos (murex brandaris y murex trunculus), el proceso requería miles de moluscos para producir una pequeña cantidad de tinte y su color resultante era de un tono intenso entre rojo y violeta, que no se desvanecía fácilmente con el tiempo o la luz, su valor era tan costosa que se convirtió en símbolo de realeza, poder y riqueza. De allí que el mercado con el que comercializado Lidia era de reyes, príncipes y la aristocracia. Además, se dice que Lidia era una mujer adoradora de Dios, probablemente había conocido del Dios de los judíos en Tiatira u otra ciudad donde habían comerciado. Ahora, aquí vemos como la obra de salvación no depende del hombre, ni de las estrategias de evangelización o la elocuencia del hombre, sino de Dios, quien toca corazones: Entonces una mujer llamada Lidia ... y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía... Definitivamente es el Espíritu Santo quien convence de pecado, nosotros debemos ser diligentes y prepararnos bien para presentar el evangelio a la altura que este lo merece, sin olvidar que necesitamos el respaldo del Señor para obtener el fruto de las conversiones. Martin Lutero, en una de sus homilías dijo: “El Señor abrió el corazón de Lidia, no por la fuerza de Pablo, sino por la Palabra acompañada del Espíritu”. Aquel día, Lidia fue iluminada por Dios para salvación a tal punto que recibió con gozo el mensaje predicado por Pablo, esto la llevo a convertirse al Señor y no solo ella, sino, con su familia y todos se bautizaron.
LIDIA HOSPEDA A LOS MISIONEROS
“... nos rogó diciendo: Si habéis juzgado que yo sea fiel al Señor, entrad en mi casa, y posad. Y nos obligó a quedarnos”.
Hechos 16:15
Después de su conversión, Lidia le rogo a Pablo y sus compañeros a hospedarse en su casa y casi que los obligo a quedarse con ella. Lidia decidió dar hospedaje y cubrir con las necesidades de los misioneros de tal forma que su casa seria la base desde donde Pablo operaria para llevar el evangelio en Filipos. En Lidia podemos ver una convicción fuerte, una fe activa que la impulsa al servicio del Dios vivo, no solo se quedó con su conversión, sino, busca la forma de pertenecer a una comunidad cristiana y contribuir con la obra del Señor.
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